Articles, WEF May 25, 2017

¿Qué países ofrecen a sus ciudadanos la mejor educación superior?

by Kai L. Chan

25 May 2017
Kai Chan
Distinguished Fellow, INSEAD Innovation and Policy Initiative

Los responsables políticos tendrán que asegurar que la educación terciaria de alta calidad sea accesible para todos, no solo para la élite. La educación superior inclusiva podría cerrar las divisiones sociales que separan a la sociedad

Las universidades son vitales para el desarrollo del capital humano. Son piezas fundamentales de la economía mundial del conocimiento. Si bien alguna vez solo estuvo disponible para unos pocos, la educación superior ahora es casi un requisito para el ingreso a la clase media, y más aún a las filas de la élite.

La competencia entre universidades ha dado origen a clasificaciones que intentan determinar cuáles son las más competitivas a nivel mundial. En general, estas listas se basan en métricas como la producción de investigación, el prestigio y los logros de los exalumnos. Aunque las distintas medidas producen clasificaciones diferentes, las principales universidades del mundo son muy similares en todas las evaluaciones.

La cantidad de universidades reconocidas a nivel mundial de un país se utiliza siempre para medir la calidad de su educación superior. Sin embargo, esta perspectiva pasa por alto la creciente desigualdad de la educación superior.

El desafío de nuestro tiempo: la desigualdad

La desigualdad es uno de los mayores desafíos de la sociedad. Pero gran parte de ese debate se ha centrado en la desigualdad del ingreso y la riqueza. Se ha prestado mucha menos atención a la desigualdad de oportunidades para la educación terciaria de alta calidad. Aún así, la desigualdad de la educación es un impulsor de la desigualdad de ingresos y una fuerza detrás del emparejamiento selectivo: las personas privilegiadas tienden a ir a las mismas universidades, casarse unas con otras y esto hace que la desigualdad de ingresos sea aún peor.

Una perspectiva alternativa sobre la calidad de la educación —con el objetivo sobre la desigualdad— es considerar en cambio la cantidad de universidades de un país que están clasificadas a nivel mundial. Esto da una idea de qué proporción de la población de una nación tiene acceso a la educación terciaria de alta calidad. De hecho, la diferencia entre el desempeño de un país en cantidad total de instituciones competitivas en comparación con la proporción de universidades de ese país clasificadas internacionalmente es un indicador del alcance de la desigualdad en la educación.

La desigualdad educativa —en especial en relación con la falta de acceso por parte de los merecedores (pero desfavorecidos) a la escolarización de élite— está abriendo una brecha en la sociedad. Las élites están enclaustradas en prestigiosas universidades, mientras que a las masas les queda asistir a universidades menos competitivas. Las universidades de élite no solo ofrecen mejores ambientes para la acumulación de capital humano, sino que también actúan como un lugar para fomentar las redes sociales y desarrollar el capital social —mientras excluye a los menos favorecidos— que son fundamentales para el éxito en la vida.

¿Son las universidades estadounidenses tan buenas como pensamos?

Así que, ¿Estados Unidos, que normalmente encabeza la lista de los mejores países para las universidades, en realidad entrega una educación de calidad? A pesar de que la mayoría de las universidades de nivel mundial están allí, solo una fracción de los estadounidenses asiste a sus universidades de élite. La mayoría de las universidades estadounidenses no están clasificadas mundialmente. De hecho, solo el 3 % de sus universidades se clasifica entre las 200 mejores del mundo, el 5 % está entre las 500 mejores del mundo y el 8 % se encuentra entre las mejores 1000 a nivel mundial (colocándose 13, 21 y 22, respectivamente). Es decir, el estudiante promedio de educación terciaria de Estados Unidos no asiste a una universidad competitiva a nivel mundial. La educación superior norteamericana es para la élite pero no para las masas. ¿Cómo se compara esto con otros países?

En los gráficos a continuación, se muestra la diferencia en el desempeño entre (i) la cantidad total de universidades de élite y (ii) la proporción de instituciones nacionales clasificadas a nivel mundial. Las flechas muestran la migración entre rangos de estas dos métricas. (NOTA: No es necesario que la lista de países concuerde).

 

Hong Kong cuenta solo con cuatro de las 200 universidades más importantes, aunque eso representa el 18 % de sus universidades. Además, más de un cuarto (27 %) de sus universidades están clasificadas entre las 500 mejores.

El Reino Unido se destaca tanto por tener una gran cantidad total de universidades de nivel mundial (segundo después de EE. UU.) y una alta proporción de universidades que se clasifican a nivel mundial. Se encuentra en segundo lugar en el porcentaje de universidades entre las 200 y las 500 más importantes, y es el líder mundial en las primeras 1000.

Una persona asignada de manera aleatoria a una universidad en Suecia tendría una probabilidad de 1 en 4 (24 %) de asistir a una universidad de nivel mundial.

China tiene 43 universidades entre las 1000 más importantes, aunque esto representa apenas un 2 % de sus instituciones. Japón y Corea —otras dos naciones de Asia Oriental con una reputación de sólido desempeño académico— también cuentan con una gran cantidad de universidades clasificadas a nivel mundial (37 y 27, respectivamente), pero desempeñan un papel mucho más débil al medir su porcentaje de universidades clasificadas mundialmente (4 % y 7 %, respectivamente).

La India, que pronto será la nación más poblada del mundo, tiene solo siete universidades clasificadas a nivel mundial, que representan menos del 1 % del total de sus universidades.

Esto plantea la pregunta: ¿qué tan relevante es la educación superior de élite? Los economistas de Princeton Alan Krueger y la investigadora Stacy Dale Berg sostienen que los estudiantes competentes que asisten a universidades menos selectivas no verán perjudicados sus ingresos de por vida. Sin embargo, los estudiantes económicamente desfavorecidos sí ven una ganancia por asistir a una universidad selectiva. De todas maneras, su estudio se limitó a universidades de élite y a universidades buenas pero menos selectivas.

Otra perspectiva es considerar si una proporción más alta de universidades de élite en un país —un indicador para el acceso a la educación universitaria de alta calidad— conduce a un mayor desempeño académico promedio. El gráfico a continuación prueba esa relación con las puntuaciones GMAT promedio (por país) como un indicador de desempeño académico.

Si bien la relación entre la proporción de universidades clasificadas mundialmente y la puntuación GMAT promedio no es fuerte (ρ = 0,218), es de todas maneras positiva y estadísticamente diferente de cero. Por otra parte, si China y la India fueran excluidas de la muestra, la relación tendría un ajuste mucho mayor.

Lo más importante para el ciudadano promedio de un país no es si tiene universidades como Stanford u Oxford, sino más bien la calidad de las universidades a las que probablemente sus hijos asistan. Los responsables políticos tendrán que tener presente esto para asegurar que la educación terciaria de alta calidad sea accesible para todos, no solo para la élite. La educación superior inclusiva podría cerrar las divisiones sociales que separan a la sociedad.

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